En los últimos años se está haciendo patente una enfermedad que arrasa con todo lo que encuentra. No deja supervivientes. Es muy contagiosa. Es de difícil curación, no hay un antídoto definido. Se palpa en el ambiente. No está catalogada y son pocos los que tienen la pócima para su cura. Nos encontramos ante una nueva patología, la patología del siglo XXI: el “quejicus”.
Esta enfermedad está asolando a la población española, sin importar la edad. Los niños se quejan por defecto, pues aún no son lo suficientemente fuertes como para negarse los apetitos corporales como un caramelo o un mero capricho. Aquellos adolescentes que no han sido educados en la fortaleza y en la fuerza de la voluntad, se enfadan, rabian y patalean como críos al no ver cumplidos sus deseos, lo que les lleva a quejarse por rutina de cualquier cosa que no sea de su agrado. Pero también ha alcanzado a los adultos, pues las manías empiezan a tomar el control de nuestras vidas, y lo queremos todo a nuestro gusto, lo que nos lleva a quejarnos por vicio.
Realmente resulta muy molesto estar con alguien que se queja constantemente. Hace sentirte crítico en extremo, celoso y no deja apreciar la belleza de la vida. Por ejemplo, si entras en un bar, siempre aparece algun “quejicus” que hace un comentario negativo. Si no te atienden al instante, comentario a la palestra. Si el suelo está sucio, rajada sobre el local. Y así podría estar uno toda la tarde. Pero cómo cambian las cosas cuando tu compañía es de lo más optimista, tanto que te asombra día a día. Esas personas que, al entrar en el bar, dirían algo así como: “nunca había venido aquí, a lo mejor nos regalan algo por ser nuevos”, “estos no son del Oeste, pero así podemos prestar más atención a la carta” o “ya me estaba cansando de caminar por suelos limpios”.
Vaya chorrada, pensarán algunos. Puede que sí, puede que no, porque el optimismo es algo que atrae. Una persona que pasa una hora con alguien alegre, vuelve a casa con una sonrisa en la cara, con ganas de vivir la vida, con vitalidad. Al contrario, un pesimista invita a quejarse por activa y por pasiva, no te deja apreciar las cosas buenas de la vida, mejor dicho, se centra demasiado en los aspectos negativos de esta. Esas personas viven con un chaparrón encima. Y lo peor de todo es que lo contagian. Nos apaga las pilas, nos ciega los sueños, nos mata a fuego lento desde nuestra inconsciencia.
Un día leí una frase que dice así: “siempre alegres para hacer felices a los demás”. Y esa persona, con esa mentalidad, aportó su grano de arena al mundo. No fue fácil, pero obtuvo recompensa.
Muchos dirán que eso no sirve, que yo no voy a lograr nada. No les hagáis caso. La sociedad los ha cegado y nos los dejan soñar, no los dejan volar. No digo que sea fácil ser optimista, pues somos una minoría entre una minoría. Pero se puede cambiar el mundo siendo optimista, con realismo, viendo el lado bueno de las cosas, con una sonrisa en la cara siempre y, para rematar el cóctel, un poco de sentido del humor, para que explote y que las personas con las que estemos nos pidan la fórmula del optimismo, o la receta contra el pesimismo, la receta contra “el quejicus”.
viernes, 19 de octubre de 2012
domingo, 7 de octubre de 2012
50
Salgo de la ducha bajo los efectos de la música de mi vecino de
pasillo. En ese instante, pican en mi puerta y se escucha una voz que dice:
“Nano, ponte traje que salimos”. Claro. Seré tonto. El 50 aniversario del
Colegio Mayor Belagua acontecía esa misma tarde, y yo, un novato en esa
institución, tendría el honor y privilegio de asistir al acto que ha marcado un
antes y un después en nuestra historia.
Al llegar al Baluarte, lugar donde se llevaría a cabo el acto, el
panorama era de lo más formal: la elegancia que ha caracterizado al Colegio
mantenía su status, la clase y la calidad hacían acto de presencia entre los
“voluntarios”. Y, después de llegar, una marabunta de gente se fundía entre
abrazos, risas y lágrimas contenidas de la emoción, en el reencuentro de las
viejas pero sólidas amistades que solo se ven cada mucho tiempo, pero que se
llevan dentro y son eternas.
Entre el caos predominante, ensordecedoras risas, innombrables vítores
y una minuciosa preparación (impropia de los nuestros, dados más a la
improvisación), el acto da comienzo. Más de 1500 personas son testigos
físicamente del acontecimiento, pero son incontables aquellas que no estuvieron
presentes (TT en España, no digo más). Se crea, actuación tras actuación,
testimonio tras testimonio, un feeling nostálgico entre los veteranos, y
también los novatos, ansiosos de formar parte de esa unidad siempre alegre y
dispuesta a ayudar. Cuando el acto finalizó, un suculento coctel esperaba a ser
deleitado por nuestros paladares, acompañados de unos vinos de buena reserva,
dicho sea de paso.
Al día siguiente, jornada de puertas abiertas en las distintas sedes.
Los recuerdos imborrables de los ex residentes, acompañados de sus familiares y
amigos, se mezclan con la curiosidad innata de aquellas que observan cada día
al pasar a un edificio que es todo un misterio. Y, en cierta manera, lo es.
Belagua ha significado mucho para los más de sus 8000 residentes, pero son
incontables aquellas en las que ha habido un efecto indirecto. 50 años de vida
no son nada para la Historia, pero es mucho para la historia de un particular.
Belagua es más que un lugar para estudiar, hacer deporte e ir a las
tertulias: es una familia. Belagua es el pasado para algunos, el presente para
pocos, el futuro para muchos. Belagua lo forman sus residentes (es allí donde reside su riqueza), de ellos depende su futuro. Los lazos imborrables que unen a los que vivieron
allí se hicieron patentes este fin de semana, donde los actuales residentes los
mirábamos con respeto y admiración. Ellos, llenos de sano orgullo y
satisfacción, inconscientemente daban a entender que tenemos la responsabilidad
de seguir con el proyecto que en su día un santo empezó, que nos ilusionáramos
como ellos lo hicieron y, así, volver a hacer historia dentro de otros 50 años,
mirar atrás y ver aquello que tanto nos ayudó y nosotros construímos. Por eso, en nombre de muchos,
digo, con sinceridad infinita, “gracias Belagua”.
viernes, 28 de septiembre de 2012
La tribu Finde
No podría decirte cuando empezaron a existir. Yo me di cuenta de su
presencia entre los nuestros cuando un sacerdote (sí, un cura de esos que
visten de negro), los nombró hace ya mucho tiempo. Desde entonces, me fijo
mucho en quién pertenece a esa tribu. Sus características son muy comunes en
nuestro tiempo, aunque se consideren inanalizables, hay una que resalta y
predomina sobre las otras: viven por y para el fin de semana.
Para cualquier mortal, despertar un lunes laborable no es que sea lo
más agradable de esta vida, y, siguiendo una regla de tres, cuanto más debes
madrugar, más duro resulta para el cuerpo. Unos lo llaman fenómeno psicológico
paranormal o ineptitud consecuente laboral. Yo a eso lo llamo cansancio, una
cualidad que resalta en este clan, con demasiadas patrias y banderas aunque no
representen a ninguna. Todos los días están cansados. Bueno, todos menos el fin
de semana, claro. Cuando amanece un lunes, no saben donde están: puede que
sigan en el tapeo de la noche anterior, flotando entre las copas del sábado o
en las sensibilidades de cualquier discoteca, bajo un ambiente frívolo y
superficial. Lo que está claro es que viven del recuerdo de la macro fiesta que
se pegaron los días anteriores, porque, ojo ahí, cada fin de semana ha sido el
mejor de sus vidas, la discoteca estaba “on fire”, las copas fueron una risa
descomunal y en el bar estuvieron con algún tipo de interés… o eso dicen.
Al principio de la semana están
ciegos, no ven más allá de los recuerdos de lo anterior y su mirada se postra
en el próximo evento de Facebook. A medida que llega la última parte de la
semana empiezan a ver con claridad. Empiezan a salir del resacoso túnel, ya se
ven los destellos de lo que promete ser otra catarsis mejor que la anterior. Se
asemejan a aquellos caballos que solo miran hacia adelante, con el único fin de
llegar a su mismo destino: esa aparente felicidad en la que viven
placenteramente engañados, obcecados en que la vida es su fiesta, o, dicho de
otra manera, que la vida se acaba si no la sienten.
Y yo digo, me pregunto, ¿cómo deben sobrellevar la ardua carga de no
sentir esas sensaciones durante la semana laboral? ¿Cómo les reconoces? Pues
estos individuos vagan como fantasmas, con pena y sin gloria, ya que si no
tienen el flow de la fiesta no se sienten libres en su prisión hedonista, y,
sin gloria porque a nada aspiran que no sea su ombligo. La tortura es diaria y solo se liberan cuando llega el viernes para después deprimirse en la melancolía de una tarde de domingo, que les devuelve a la realidad como un chorro de agua gélida en un despertar.
No ven razones para disfrutar de todo aquello que no esté relacionado con su
diversión. Ya estáis advertidos.
Les reconoceréis cuando
recibáis una llamada o un SMS el viernes por la tarde, invitándoos a salir a
acompañarlos en sus insaciables aventuras, después de no haber tenido contacto
desde la última salida. Y entonces pensaréis que el fantasma toma vida, se
viste del falso colegueo nocturno, sale de su cansada tumba y vivirá con el
carpe diem por filosofía durante tres días para que, después, amanezca el lunes
vestido de resaca y cansancio. Allí donde la fiesta que era la vida ya ha quedado
atrás, vuelve a completarse el ciclo, a despertar el espíritu del sinsentido de
esta existencia que nada es de lunes a jueves.
lunes, 17 de septiembre de 2012
Su amistad es peligrosa
Pasea entre la sociedad, oculta entre el tumulto de la muchedumbre. No
llama la atención, y, si no te advierten de su presencia, es difícil verla. Has
pasado con ella algunos momentos, pero, con la resacas llega el olvido. La
conoces de sobra y le has pedido consejo cuando, harto de tus obligaciones
diarias, has perdido la fe en tu entrega a tus proyectos. De una forma u otra,
desde la inconsciencia o desde el oportunismo, hemos encarnado los valores y
fundamentos de su personalidad, con argucias y palabras que de sobra sabíamos
que estaban vacías de sentido. Y viceversa. ¿Quién no ha sucumbido a los
placeres de la falsa felicidad en forma de comodidad?
Aparece en tu vida con el uso de razón, crece contigo en la adolescencia
y de ti depende si la eliges como amiga, amante o furcia. En esa edad, momento
crítico, se decide para muchos su futuro, que conlleva el desarrollo de una
vida. Con ella pasa igual. Si te enamora de sus falsas promesas, huye y no la
mires a los ojos al despedirte, no vaya ser que a Cupido se le antoje un beso
más. Pero lo más doloroso no es decir adiós, sino convivir con el recuerdo de
un amor, que siempre estará allí. Ahora, en la universidad, deambula por los
pasillos de la universidad acechando a sus presas, a las cuales se presenta en
forma aristocrática y con falsa modestia. Y yo, desenamorado y decepcionado,
camino escéptico y cínico viendo como ella pasea de la mano de muchos. No me
extraño al ver sus victorias, cuesta creer como obceca nuestra visión a ciertos
puntos de la vida, olvidando a la belleza y al amor. Me preocupo, pues la veo
de cañas con la ley del mínimo esfuerzo y otros ilustres, acompañado de un
puñado de estudiantes que flotan entre el falso colegueo de unas tapas tontas.
Sin embargo, no me desanimo y me regocijo que otros muchos han
rechazado la tentación de su amistad. La risa acude a mí cuando imagino las
calabazas que ha recibido y cada día me convenzo más que a los jóvenes se nos
gana con actos, no con palabras, y que, a su vez, tenemos ya poco que decir y
mucho que hacer.
Y, mientras miro por la ventana, la veo pasar. Sola o acompañada, deseo
que no vuelva a fijar sus hipnotizadores ojos en los míos, y que, en poco
tiempo, ella, la mediocridad, abandone nuestras vidas y luchemos por no estar
entre el montón, por destacar gracias a nuestro esfuerzo, por lograr nuestros
objetivos con constancia y perseverancia, por poder soñar libres en cambiar el
mundo y, más temprano que tarde, ser felices de verdad.
jueves, 6 de septiembre de 2012
No es una etapa cualquiera
De las etapas de la vida del ser humano, gran cantidad de personas
destacan la época universitaria como los mejores años de nuestras vidas. Y
estoy completamente de acuerdo. Acabas el colegio con cierta melancolía por el
tiempo que has pasado ahí, por esos edificios que te han visto crecer, por el
cariño y el afecto a profesores, amistades e infinidad de cosas más. Quisieras
quedarte un poco más, pero ya no hay vuelta atrás: el tiempo no te perdona que
hayas desaprovechado todo el conocimiento que podrías haber adquirido o te
recompensa con la satisfacción del trabajo bien hecho. Y, después de acabar el
colegio te centras en las pruebas de la Selectividad. Tan temidas y tan
subestimadas por muchos, tan preparadas y tan despreocupadas para otros. Cuando
acabas esas pruebas, muchos deciden pegarse el verano de su vida con viajes
exóticos a diversos lugares o a salir de fiesta sin propósito alguno pensando
que el verano es eterno o con alguna idea por el estilo. Te sientes libre, y,
en cierta manera, lo eres. Pero eso tiene fin y llega la universidad. Llega sin
aviso, aunque hayas estado esperándola durante tu vida académica; llega sola al
baile, pues no tiene pareja mejor que tú. Lleva esperándote desde que te vio.
Te ha buscado y la has encontrado. Se ha plantado delante de ti, tímida al
principio, no quiere decir su nombre. Le importa poco que seas de letras o
ciencias, solo busca que la quieras, que aproveches esta oportunidad de oro
pulido que solo a los afortunados se les presenta. Quiere que no dejes de llenar
tu conocimiento, aunque sea insaciable. Te presenta la prueba casi definitiva
sobre tu vida, la prueba de ser tú mismo, de madurar, de ejercer tu libertad.
Te ha conocido como adolescente, tan loco, tan prepotente, pero se despedirá de
ti como hombre hecho y derecho si es así como lo quieres. Necesita de tus
virtudes y cualidades para crecer, va a luchar contigo contra un frente común
como la pereza, la falta de voluntad, el desánimo… y otros conocidos que
arrasan y devastan nuestra sociedad. Pero no estaréis solos, pues a la fiesta
se suman tus nuevas y futuras amistades, tus profesores y tus ideales, que te
acompañarán en este trayecto. La motivación y la ilusión de los primeros días
deben conectar con la constancia y perseverancia de los próximos para llegar a
buen puerto. Razón tiene aquel que dijo “empezar bien es importante, acabar
bien es vital”. Hay que remarcar que no todo se mueve en el plano académico y
que, a pesar de ser el centro de toda actividad, debes gozar de unas buenas
cañas, hacer deporte, leer, disfrutar de tus aficiones, salir de fiesta. Eso
también es parte de la universidad, que siempre es justa, que saldrá a buscarte
allá donde estés, que te ofrecerá su mano aunque hayas renegado de ella, aunque
tengas miedo a descubrir la verdad, aunque seas viejo pero joven de espíritu,
nunca es tarde para empezar. Ella siempre estará allí, sola y callada, pero
firme y sabia, esperando que tú, joven soñador, aceptes ese baile.
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