sábado, 2 de febrero de 2013

Querida hermana


Querida hermana,

 Estás entrando en la adolescencia, un periodo complicado y apasionante, en el cual definirás tu personalidad y en gran medida, tu futuro. Todo depende de cómo enfoques el cambio de jugar con muñecas a jugar en la vida, de disparar con pintura a disparar con pólvora. Quisiera darte unos consejos para que te ayuden en tu camino. He visto demasiadas chicas que podrían dar mucho más y ser mejores personas, que no tengo más remedio que advertirte que el mundo actual diverge en cuantía al de las películas.

 Sentirás atracción por los chicos, conocerás que son personas magníficas, que os divertiréis una barbaridad juntos, pero no por ello intentes impresionar al vestir o al hablar. Sé educada en tus formas, no uses palabras vastas o expresiones ordinarias, porque tú eres una dama, y éstas hablan con propiedad. No te dejes llevar por la moda ni por las tendencias. Coge lo mejor de ellas, y con criterio reinventa tú las tendencias, tu propia tendencia, pero no vistas para enseñar tu cuerpo como si fueras un escaparate de carnicería, no pongas precio al chuletón, pues si no serás demandada por los carnívoros en vez del deseado príncipe azul.

 Crea tu personalidad y forja tu carácter, sé dócil y amable con los demás, pero haz respetar tu persona e ideas, sin imponer ni murmurar. Encuentra tu ambiente, hazlo a tu medida. Déjate aconsejar por los que saben, aunque te cueste. Crea tu propia red social, tus amigas; recibe las notificaciones, a la cara; envía mensajes, entre cafés; acepta solicitudes de amistad, con tiempo y no con un simple clic.

 No dejes de quedar con tus amigas, sé fiel a ellas y mantén tu compromiso, aunque te cueste, porque recoges lo que siembras, y más vale que sea una buena cosecha. Así que ponte siempre en su lugar al tomar una decisión. La amistad tiene un precio y tú eres la que lo revalúas. Aprende a escuchar y a decir “NO”, acéptalos, y sé humilde con tus dones y cualidades. Agradécelo todo, incluso cuando no debas.

Sé selecta en tus fiestas y compañía, todas prometen más de lo que van a dar y no todo el mundo merece estar contigo, que se lo ganen, pues vales más de lo que crees. No quieras ser siempre el centro de atención, el amor y el cariño no se reciben allí, ni tampoco en los espejos, que están para arreglarse y no para admirarse. Déjate influir por la opinión de los que estimas, pero pasa de largo de la vox pópuli, criticar por hablar nunca nos llevará a nada.

 Te quejarás de no encontrar a tu príncipe azul, pero en parte habéis sido algunas de  vosotras que habéis malacostumbrado a los lagartos y sanguijuelas nocturnas. Les habéis otorgado unas facilidades y una imagen muy distante de la realidad, de la que os merecéis. Vuelve a colocarlos en su sitio, no seas una “chica fácil”, hazte respetar. Vigila los sentimientos y tu corazón, pues son traicioneros, combínalos con la razón. Además, debes saber que la reputación cuesta años ganarla y una acción perderla. Por ello, trabaja y persevera, sé constante y exigente, pero sobretodo disfruta responsablemente de tu juventud, haz infinitud de buenos amigos, ponte metas, motívate e ilusiónate con la vida, sueña con la cabeza en el cielo y los pies en el suelo, sé niña y mujer cuando toque, no dejes de jugar, no dejes de sonreír.

 Y, cuando te vengan bajones, arrímate a los tuyos, llora y ríe, ayuda a tus amigas y déjate ayudar, no te dejes subestimar. Sigue estos consejos y llegarás más lejos de lo que te crees, y madurarás.

 Tu hermano, que te quiere

martes, 22 de enero de 2013

Cuestión de expectativas

Cuando nos dirigimos hacia un lugar con nuestros amigos, cuando tenemos a la vista un fin de semana planificado con detalle o cuando ansiamos la redención al acabar los exámenes, todos esperamos algo. Ese algo se define como un plan de futuro del cual esperamos disfrutar y que nos llene por dentro. Lo que también llamamos expectativas.
¿Respecto a qué? Respecto a lo que sea. Cualquier día nos despertamos e inconscientemente, delante del espejo mientras nos peinamos, fomentamos una ligera visión de lo magnífico o lo pesado que puede llegar a ser la jornada venidera. Ante esta situación se nos presentan dos extremos e infinitos puntos alternativos pero con una clara visión media.
 El primer extremo sería pensar que ese día va a ser el peor de tu vida. De esta manera solo puedes ir a mejor, pero implica imponerte una visión muy pesimista y con pocas ganas de empezar el día, lo que nos puede señalar claramente el camino de vuelta a la cama, ya que nada aventura esa jornada. El otro extremo es decidir que ese día va a ser apoteósico, sublime, divino. Empiezas el día con motivación y ganas, pero como no somos perfectos, nos percatamos de nuestras limitaciones. Y la caída puede ser tremendamente larga e increíblemente consistente, lo que llevaría a una depresión considerable (exagerando un poco).
Por otro lado hay diversas formas de tomarte el día: puedes salir a especular, sin mucha decisión y a ver cómo se desarrollan los sucesos, y de los primeros cometidos poder definir el resto de tu día. Puedes salir apático; sin ganas, porque no sientes el feeling de ir a trabajar; enfadado con el mundo porque tienes un grano en la oreja que, por cierto, nadie ve; rebelde sin causa, desafiante con la sociedad y tu entorno… y así bastantes casos más que te dejan un sabor egocéntrico y cerrado. O, sin embargo, puedes salir a la calle con una sonrisa, haga sol o diluvie, aunque los zapatos se mojen y el conjunto que te hayas puesto no combine y esté pasado de moda, aunque la ducha haya salido fría y el café, rancio, aunque la guitarra esté desafinada y el vecino moleste, tu equipo haya perdido o el mundo esté muy mal.
Sé tú mismo quien se dé cuenta que nunca nada saldrá como esperas: siempre irá peor o mejor de lo planeado, pero eso no te tiene que quitar la ilusión de desear la perfección, aunque nunca la consigas, pero al menos llegar a sus albores y dar lo máximo. Que las expectativas defrauden no implica que se deba esperar lo peor, sino que uno debe poner el listón en la exigencia y en desear lo mejor, pero estar preparado para salvar la situación si no éstas no se cumplen y darle la vuelta a la tortilla.
Sal a por todas y cómete el mundo sin esperar que te lo sirvan, con o sin patatas, se cumplan o no tus expectativas frente a la vida, frente a lo que deseas, frente a lo que esperas. Y para eso se necesita cariño de tus seres queridos y de tus amigos, que te aconsejen y que te quieran. Siempre se puede mejorar o ir en dirección contraria, la mediocridad está en saberlo y no hacer nada, reduciendo tu vida a una cuestión de expectativas cada vez más bajas y efímeras. Así que arremángate, esboza una sonrisa e intenta mantenerla aunque tus expectativas, de naturaleza egoísta, no se cumplan.

jueves, 10 de enero de 2013

Parón navideño


Se va el calor veraniego y llega sin avisar el tranquilo otoño. Con calma y temperamento, nos recuerda con un reflejo claro de la naturaleza que en esta vida estamos de paso, que hoy somos y que mañana seremos lo que fuimos, que puede que no estemos y que no somos eternos. Poco a poco tomamos conciencia, pero la vida cotidiana nos distrae de nuestros pensamientos y llegan las vacaciones, merecidas o no, pero llegan. Los más afortunados pueden estar con sus más allegados, familiares y amigos; otros, por desgracia, no llegan a nada, ni si quiera a un plato con algo comestible.

Las calles se visten para la ocasión, la naturaleza no quiere ser menos y se brinda un paisaje de lo más navideño, con su clima y sensación. Las temidas comidas hacen acto de presencia: el pavo, los galets, el vino y otros manjares pueblan la mesa. Se respira un ambiente cálido y familiar, hablando y recordando las viejas glorias que fueron tus antepasados. No se menciona, pero todos echan de menos a algún ser querido que no está y no volverá a estar, sobre todo si es la primera Nochebuena. Se debaten temas interesantes, entrando incluso en tensión, pero es Navidad y todo se perdona, ojalá fuera todos los días. El espíritu de servicio florece en muchos, pero en otros se atrasa y no llega.  Algún regalo cae entre el canto de unos improvisados villancicos, entre medio de polvorones y turrones. Se descorcha el cava, el champagne o cualquier licor para brindar, para festejar que Dios (sí, Dios) ha vuelto a nacer. Porque se festeja eso. Muchos cierran la noche con la Misa del Gallo, reservada para los más tradicionales y los que aguantan el peso de sus estómagos, para darle profundidad trascendental a una mera comida.

Transcurren los días y llega Nochevieja. Los corazones se nos llenan de melancolía al ver que ha pasado otro año. Sí, otro más, y no nos hemos dado ni cuenta. Y se pone uno a hacer balance. Aunque uno no es plenamente consciente hasta que no está delante del televisor con las uvas en la mano, rodeado de los tuyos, viendo a la cadena nacional emitir la entrada en un nuevo año que promete lo suyo.

 En cuestión de minutos, volver a empezar. No señores, no. En cuestión de minutos, volver a continuar, con la ilusión de hacer aquello que no pudimos realizar durante el viejo año, de mejorar, de proponerse cosas, pero continuando nuestro recorrido. ¿Año nuevo, vida nueva? Año nuevo, propósitos nuevos. Tu vida es la misma, pero si la quieres cambiar, dale tiempo y paso a paso. De sobra sabes que nunca es tarde para cambiar, pero no esperes hacerlo de golpe.

Por último, llegan los regalos de los magníficos Reyes Magos. Parece que llegan de Andalucía, o eso aseguran allí. Ilusionan a niños y a mayores, ya que la emoción de recibir algo porque alguien nos quiere es infinita, es muestra de amor y de ternura hacia alguien que no pide nada a cambio más que nuestra confianza y cariño.

En muchos hogares a reinado la felicidad, a pesar de las carencias materiales. Pero en otros muchos no: las separaciones, las peleas familiares y el orgullo personal evitan que familias gocen de la Navidad en familia, frutos de la soberbia humana. Por eso, si has podido disfrutar estos días con tu familia y con lo necesario, has recibido regalos, has sido más feliz y has mejorado en tu campo personal, agradece a Dios, porque es un regalo que has recibido. Ya sabes lo que dicen, “es de buen nacido…"

domingo, 9 de diciembre de 2012

La primera victoria

Sueñas. Tu cuerpo, en reposo, yace sumergido en un cúmulo de anestesias que te hacen dormir. Descansas, respiras y sientes el pleno confort de las sábanas acariciando tu piel, que te transmiten suavidad y calor, mientras tu cabeza reposa sobre la mullida almohada. Hay un clímax perfecto. Lo hay hasta que suena el despertador. Irrumpe en tu ideal sueño, sin preguntar y con un estruendoso sonido. Empieza como si fuera lejano, pero poco a poco, in crescendo, se acerca y taladra tu cabeza. Parece que habite a las compuertas de tu oreja. Cuando ya eres consciente de la situación, tu cuerpo, anclado en la comodidad, rechaza el mero pensamiento de levantarse. Dudas. Asistes a una discusión diaria, cansina y tediosa, entre tu razón y tu sensibilidad. Al no poseer la fuerza para levantarte, te prometes 5 minutos más, 5 minutos más que son en sí un engaño, una pequeña derrota, la primera de muchas. El malestar que produce tu conciencia es el claro reflejo de un descanso intranquilo, que no disfrutas, que te martillea, y maldices tu existencia y tus deberes, tus compromisos y obligaciones. Buscas una respuesta que satisfaga a tu cuerpo para que haga el tremendo esfuerzo que supone abandonar la cama. Vuelve a sonar el pospuesto despertador y esta vez sí, abres los ojos y tus pies sienten el frío suelo, que te traen de repente al mundo sensible. Bostezas y te estiras, difundiendo la poca vitalidad matutina al resto de tus extremidades. Te miras al espejo y sigues sin encontrar razones por las cuales no volver a la cama. El agua de la ducha acaba por sacarte del sueño y el día empieza a tener un color más vivo, parece que ha valido la pena levantarse y que el día se presenta de lo más emocionante. Cantas por lo bajo una canción y tus ánimos han crecido en sobremanera. Tu perspectiva ya no es lo que era, ha cambiado en cuestión de minutos. Te sonríes al pensar que aún podrías seguir adormilado en los sinsabores de la derrota personal, en la frustración de haber sido dominado por tu cuerpo y de no haber podido sobreponerte a él. Has luchado, has caído y te has levantado. Lo que se suele decir.

El despertarse por las mañanas es una lucha diaria, como muchas otras que se nos presentan en el devenir de la jornada. El poseer la voluntad de hacerlos frente depende de la disposición personal. Y es ahí donde radica un error de la sociedad: nos dan en los ámbitos personales demasiadas cosas hechas. Pero nadie puede sudar por ti. Nadie puede sustituir el esfuerzo que cada uno debe realizar para avanzar en su propia vida. Nadie podrá enseñarte a sonreír en la contrariedad, a callar el orgullo o a disculparte de tus errores. Nadie, repito, nadie puede sustituir el valor que supone una lucha diaria en los pequeños detalles, en esas cosas y situaciones que contienen un precio impagable que debe realizar cada uno.
  La sociedad actual sufre, en parte, por ese problema. No lo sé a ciencia cierta, no soy médico, pero observo y no hay que ser un lince para darse cuenta que ya a los más pequeños se les educa con poca exigencia y cuando salen de la burbuja familiar y aterrizan en el mundo escolar, a más de uno parece que le estén martirizando. La solución no es dogmática. No hay una fórmula exacta, pero el resultado debe seguir la línea de una exigencia continua, desde cero, desde la educación y desde la humildad de saber acoger los consejos de aquellos que poseen la experiencia de la vida. Es para todos un deber y una responsabilidad. Y si nos negamos a exigir y a educar, solo nacerán seres egoístas y sin capacidad de liderar en nuestra sociedad, pero, mucho peor, no serán felices, pues el mero hecho de no poder dominar los apetitos de tu cuerpo y mirarte el ombligo ya supone vivir con esa sensación de no sentirte libre, de sentirte esclavo, de no ser libre.
 Se ha dicho mucho, pero no viene mal recordar que cada día podemos superarnos personalmente, dominar nuestro cuerpo y poder hacer lo que realmente nos da la gana. Seguro que habrá días que no lo conseguiremos, que no alcanzaremos la primera victoria del día, que seremos derrotados, pero, ¿quién no ha caído para conseguir frutos?

domingo, 25 de noviembre de 2012

Comunicación 2.0


Siglo XXI, Era de la Comunicación.  Las nuevas tecnologías se adhieren a nuestras vidas. Ya no somos sin ellas, y, claro está, ellas no son sin nosotros. La sociedad nos exige evolucionar para no quedarnos atrás, atados a la historia pasada. Tanto es así, que hemos perdido parte de nuestra identidad, una parte que nos definía: la interactuación entre las personas.

Ha quedado patente que hoy en día que los jóvenes nos hablamos más a través de cristales que cara a cara, y el punto en común son los chats de mensajería instantánea. Sé de sobras que es un gran invento, que ahorras, que hay mil y dos promociones para entrar en el sistema, que es muy simple de usar, que hablo con amigos que no veo nunca… Pero, además de irreal, tiene esencia adictiva. Esta adicción se convierte en una dependencia diaria. Con los primeros rayos de sol, en la mesa, en la ruta hacia un destino, en la soledad de la compañía, en la rutina del trabajo, entre la frescura de unas  cervezas e infinidad de momentos en los que tenemos un aparato tecnológico entre nuestras manos, que activa una burbuja de protección cara al exterior. Lo fuerte es que creemos estar más cerca del mundo, y nos alejamos tecla tras tecla. De hecho, en ocasiones, para aparentar que estamos ocupados en público, sacamos el teléfono cuando estamos solos. Debemos de ser muy importantes, digo yo.

Nuestros dedos juguetean con la irrealidad que resulta hablar con un teclado. La inexpresividad, a pesar de los infinitos emoticonos y expresiones, brilla por su presencia. Impresionados por la atracción de poder estar en contacto continuamente con nuestros amigos, hemos supeditado en gran parte el contacto visual y físico al meramente superficial. Parece utópico, pero es real. Es real hasta tal punto que ciertas personas pretenden ser la sal de todos los platos, obtener una especie de omnipresencia en las vidas de los que le rodean, intentando mantener el status que impone su persona a través de una máquina. Y eso no es posible, y si lo es, degrada su persona a categoría de objeto. Es incompatible. Cuando se está con una persona, todo lo demás no importa, ¿o prefieres un objeto a tu amigo?

Los más jóvenes de hoy en día acometen sus andanzas, llenas de prejuicios, a través de pantallas. Les entiendo. Es simple, no exige el esfuerzo que supone desarrollar tus capacidades de sociabilidad. Y eso lleva a tener miedo a arriesgarse en la amistad. Tanto es así que algunos tienen la valentía de expresar sentimientos e insultos ocultándose tras una pantalla, culpa de amistades y parejas rotas. Penoso y actual, en todas las edades presente, signo de inmadurez personal que carece de identidad. No es un modelo de comportamiento social a seguir, en definitiva. Como me dijeron en su día, nos han enganchado a una red de la que ya no podemos salir. Una espiral que solo se detiene si lo decides tú mismo. Flota en el aire la extraña sensación que venimos al mundo con un móvil en las manos, cual modelo de serie de una cadena de producción. Resulta paradójico que en la Era de la Comunicación se denote más incomunicación o, dicho de otra manera, una falsa comunicación.

Sé que la mensajería instantánea posee grandes ventajas, pero eso no es excusa para rebajarnos a la pereza y al vicio de “comunicarnos”. La vida es más que tecnología, por muy desarrollada y avanzada que sea. No la reduzcamos a meras fachadas y apariencias, seamos valientes de decir las cosas serias a la cara, no tengamos la cobardía de soltar el puño y esconder la mano. Debemos dar con la tecla adecuada de la vida para encontrar la relación perfecta, la combinación que haga posible exaltar las virtudes de la tecnología y mantener la conversación cara a cara. Si lo conseguimos, habremos alcanzado la nueva comunicación, aquella donde no es la pantalla la única que disfruta con tu sonrisa y se queda impasible con tu malestar, la Comunicación 2.0.

martes, 13 de noviembre de 2012

Por qué el fútbol

Con mucha frecuencia me pregunto qué tiene este deporte que se vive mundialmente, que une aficiones y que hace latir el corazón a razas de diversa índole. Qué posee que te hace vibrar desde el sofá de tu casa, desde los abarrotados bares, desde una butaca de un estadio o desde el campo mismo. ¿Qué es eso? ¿Qué es el fútbol? No lo sé. Sería demasiado limitarlo a una definición. Pero lo que sí aseguro es que es otra forma de ver la vida. Habrá quienes no estén de acuerdo. Y, como se suele decir, no sé que saben ellos de la vida, pero de lo que estoy seguro es que no saben nada del fútbol.
Qué sabrán ellos de sacrificarte día tras día, entreno tras entreno, con frío, calor o nieve. Qué sabrán ellos de sentir la presión cuando llegas a un entrenamiento, en el que has de demostrar tu valía. Qué te van a decir aquellos cuando sufriste una lesión, que no te resignaste, que seguiste apoyando a tu equipo desde la grada, que luchaste por volver. Qué te van a contar aquellos que perdieron un partido en el último minuto, de la impotencia y de la rabia.
El fútbol te enseñó a ser paciente desde el banquillo, a ser constante, a perseverar entreno tras entreno, jugada tras jugada, crítica tras crítica, grito tras grito. Fue él quien te dijo que tras cada balón perdido hay un compañero que dejas en evidencia. Te recordó que debes ser responsable dentro y fuera del campo de fútbol. Orgulloso de que te vieran jugar tus seres queridos y amigos, les invitabas a cada partido, te animaron y consolaron, te aconsejaron y te hicieron crecer como persona a través del deporte. Forjó amistades de trinchera, hermanos de sangre por los que darías la vida en el terreno de juego. Dominaste tus nervios desde el vestuario mientras te calzabas las botas, desafiaste al rival con la mirada en el calentamiento, respiraste hondo antes de empezar el partido. Caíste después de luchar como un gladiador, corriste hasta desfallecer, te levantaste embarrado, con frío y dolor, pero los superaste por unos colores, por un ideal, por una meta, por unos hermanos. Derrasmaste lágrimas con el corazón encogido tras perder, incluso injustamente, pero no te diste por vencido. Sentiste una alegría inmensa al abrazar a tus compañeros tras un gol, te conjuraste con ellos en la victoria y en la derrota. Te dijo que hay que respetar, que hay que ser competitivo, que hay que ganar, pero que no todo vale. Y, reto tras reto, con motivación y constancia, creciste como persona.
Por eso, el fútbol, sobre todo cuando se juega, es una escuela para la vida. Además de disfrutar, en el campo es donde se demuestra quién lo daría todo, quién sería capaz de ceder su puesto a otro para que disfrutara del cuero, quién es un caballero o un pedante. En el campo debes soportar, por desgracia, improperios de diversas personas, tragándote el orgullo y la soberbia. Allí naces, allí vives, allí mueres. El fútbol es vida. Te fortalece en las dificultades y te otras perspectivas de la vida. Y, aunque en ocasiones es causa de peleas, riñas y conflictos por su excesivo fanatismo, él sigue siendo tu mejor pasatiempo, del que aprendes y disfrutas.
Animo a todo aquel que ama el fútbol, a que siga disfrutando y deje disfrutar, que es un juego que se vive, pero que no vale la pena agredir física o verbalmente a cualquier persona o símbolo, conjunto o bandera. No limitemos este deporte a cuestiones personales, sociales o políticas. Dejémosle ser lo que es y ha sido. Aportemos nuestro grano de arena para que siga enseñando, para que siga enamorando y continue ganando adeptos, para que aumente esta gran familia. Seamos sensatos.
Gracias por existir, por deleitarnos noche tras noche, por hacernos vibrar con el himno de la Champions, por enseñarnos mucho, por darnos tanto. Gracias.

jueves, 1 de noviembre de 2012

Instantes nocturnos


Saliste de casa esperanzado. Intuías algo. Un cúmulo de buenas sensaciones recorría tu cuerpo y decidiste salir a comerte la noche con lo que hubiera por delante. Habías quedado ya con los colegas de barra y con tus amistades de esquinas. Llevabas esperando el momento desde hacía ya menos de una semana. Estabas impaciente. Sería legendario, sería actuar como si no hubiera mañana. Presientes que si no te lanzas hoy habrás perdido una oportunidad de oro.

 El contacto visual y físico con esas personas fue emotivo, lleno de sentimiento y pasión, pero vacío de cariño y amistad, falto de amor. Un viernes más a resucitar el animal interior, a dejar fluir tu lívido, a volver a tocar el cielo. Con la primera copa llegó el recuerdo del último encuentro, con sabor fresco y amargo, como la primera ocasión que os saludasteis. Sentado en un parque, rodeado de personas de diversa índole, te sientes a gusto, te sientes querido, te sientes libre. Sientes tanto que al final sentirás que no sientes nada y sentirás que nada tiene sentido.

Entre risas y colegueo, chillidos de niñas histéricas llamando la atención y algún que otro sacando la cena, caen las copas y los hielos. La botella se va vaciando. Ya no dura tanto como antes. Ahora es tu furcia preferida. En un momento dado alcanzas una sensación de ingravidez, te crees que puedes volar y que eres lo mejor que ha venido al mundo. Tu cuerpo te pide una copa más, tu confusa mente te aconseja una retirada a tiempo, pero buscas más sensaciones que la última vez, alejar a tu alma de los problemas cotidianos. Quieres volver a alcanzar el clímax, la catarsis que te lleve allí donde no has llegado nunca. Te excusas concediendo una tregua a la rutina. Te vuelves a engañar. Al final acabas cayendo, acabas volviendo a encarnar aquello que te prometiste no volver a ser, pero ya no eres dueño de ti mismo, y poco a poco ves que la vista se nubla, que no puedes volar.

Tus compañeros en este viaje se han perdido buscando un destino, estás con mucha gente, pero te sientes solo. Las sonrisas de antes ya no significan nada más que hielo envasado, que se derrite como tu malgastada juventud. Has ido acumulando logros para seguir en la cresta de la ola, has querido mantener tu status, pero, ¿a qué precio? Dando tumbos vuelves a casa. Ha sido una noche más, ha sido una noche menos. Sin saber cómo, la luna ya no brilla igual que la última vez que cruzaste el umbral. Ya no sabes donde agarrarte, en qué soporte apoyar tu endeble cerebro.

Te lamentas. Te lamentas mucho. El momento ha sido fugaz, no ha resultado ser tanto como esperabas y la factura es más cara de lo que te puedes permitir. Te repites una y otra vez no beber nunca más, convencido de que así será, y juras en arameo por lo más santo que conoces. Después de otra noche perdida, te acuestas, oliendo mal y vistiendo limpio, con un pensamiento claro: por la noche, como dice la canción, la única verdad es que todo es mentira. Y, al día siguiente, te despiertas sin acordarte de nada, con la resaca de amante y la constante desesperación de haber aprovechado el momento, de haber disfrutado del Carpe diem, de haber seguido las enseñanzas de la sociedad, de satisfacer tus apetitos. Pero eso ya no te llena, te desesperas y tu mente se lanza al vacío en busca de respuestas. Quizá deberías dejar de reducir tu vida a instantes puntuales. Quizá podrías dejar de pensar en ti mismo. Quizá intentaría vivir menos en el placer inmediato y luchar por algo más en el largo plazo. Quizá algo que requiera esfuerzo, algo inconformista, algo que realmente te llene. Quizá no fijarse tanto en los riegos y miedos. Quizá lo que tendrías que hacer es dejar de buscar respuestas, y formular bien las preguntas.